Por Alejandro Mascó, Socio de MR Partners.

A partir de la pandemia se rompió un prejuicio histórico: trabajar desde casa ya no se considera un beneficio, sino que es una nueva modalidad de trabajo que vino para quedarse y que probó ser altamente efectiva en estas épocas que nos tocan vivir. Recientemente la ley de teletrabajo introdujo, entre otros aspectos, a esta modalidad como un nuevo tipo de contrato laboral tutelado por la Ley de Contrato de Trabajo. Así es como se comienzan a moldear los aspectos jurídicos de una realidad que llegó hace un tiempo pero que la coyuntura, provocada por la pandemia, aceleró de manera exponencial.

Las relaciones humanas, en contraposición, se autorregulan. La dinámica imperante en cada estructura y la versatilidad de sus líderes son el gran diferencial a la hora de lograr los mejores resultados en esta digitalización impuesta de la labor diaria.

Se abrió una nueva era, y desde MR Partners no tenemos duda de que es una etapa para construir transparencia, nuevos liderazgos y generar confianza virtual. Creemos que hay una manera de interpretar lo que sucede en el equipo mediante la lectura de las emociones a través de la pantalla, es una nueva habilidad (y concepto) que nosotros denominamos: “el olfato digital”.

Será fundamental, en esa construcción, tener en cuenta los sentimientos del otro lado del monitor cuando estemos entrando a una call. En un espacio físico son muchas las señales que uno puede dar a su entorno sobre su estado de ánimo, en cambio, cuando se entra a una reunión virtual se desconoce que estaba pasando por la vida de nuestro interlocutor. Es importante tomarse 5 minutos previos al intercambio profesional para preguntar cómo está el otro y construir así un mejor rapport.  Empatizar será vital para agudizar el olfato digital.

El líder deberá prestar atención a los gestos de la persona que está detrás de la pantalla, agudizar la vista y estar atentos a los tonos de voz también. Esto requiere de un alto nivel de concentración, que a veces es difícil de lograr, porque uno ante una pantalla tiene la tentación de realizar otras tareas en paralelo y porque el cansancio de estar mucho tiempo concentrado frente a una pantalla en una reunión virtual, es sin dudas mayor que en un encuentro presencial. Por eso es importante racionalizar adecuadamente el tiempo de las reuniones virtuales y de ser posible limitar cada sesión a no más de una hora.

Asimismo, se debe priorizar una comunicación de arriba hacia abajo, donde el foco está puesto en la contención y la escucha activa, y también estimular el uso de la mayor cantidad posible de herramientas digitales colaborativas, para que todos puedan estar al tanto de qué hacen los demás y no sentirse “afuera” del equipo.

Es clave la definición de protocolos y pautas para que la gente no esté “tanteando” sobre qué debe hacer o decidir. Trabajar sobre objetivos. No es lo mismo una persona con hijos pequeños que recién se libera de obligaciones al final del día que otra con adolescentes a la que le conviene la mañana antes de que se levanten. Hay que aprovechar esta oportunidad para customizar las tareas y responsabilidades de la manera más efectiva.

Compartir cámara cada vez que se pueda. La conexión y la empatía se refuerzan cuando uno puede ver al otro. No importa si la videoconferencia se hace desde una cocina o si pasan chicos corriendo por atrás; el espacio de trabajo ahora es eso para la gran mayoría. Esto también fuerza a los que intervienen en la conversación a ponerse en situación de trabajo, nada de pijama y quedarse recostados en la cama, porque la cámara exige una posición determinada y mantener cierto formalismo.

Si bien cada líder pondrá su impronta en las estrategias de interacción con sus equipos, todos deberán seguir desarrollando habilidades que les permitan mantener su capacidad de gestión en el mundo virtual y así poder interpretar lo que le sucede a cada persona sin estar presente físicamente.