Por Juan Pablo Sanguinetti, Consultor Sr. de Whalecom.

Si una organización realiza mantenimiento preventivo en sus instalaciones y equipos, ¿por qué no adoptar medidas similares con los colaboradores? Quizás “más vale prevenir que curar” aplica en la gestión. Más aún en este momento.

La mayoría de las empresas, sobre todo industriales, planifican y dedican recursos -léase tiempo, tecnología y dinero- al mantenimiento preventivo de máquinas, herramientas e instalaciones con el objetivo de evitar inconvenientes sorpresivos que suelen tener un costo elevado.

El razonamiento es conocido por quienes están en el tema: por más que uno tenga la sensación de que destina recursos escasos (tiempo y dinero) al realizar ese mantenimiento preventivo porque debe detener la operación, es preferible gestionar esa pérdida de manera controlada que correr el riesgo de perder más, fuera de control y en un momento no programado.

En el marco de esa lógica: ¿por qué no hacer lo mismo con el talento humano, que es el recurso que opera esas máquinas y herramientas? ¿Por qué esperar a que “se rompa” (se pelee, se enferme, renuncie) en vez de hacer cada tanto un alto para revisar y modificar lo que sea necesario?

El principal adversario de este razonamiento es la idea de que “todavía aguanta”. Lo mismo que sucede, por ejemplo, con un auto. Hace años que nadie lo revisa pero… todavía aguanta. El riesgo es que se rompa en la mitad de un viaje importante y nos deje de a pie, justo cuando más lo necesitamos.

Del mismo modo, el riesgo de no hacerlo con las personas es que repentinamente estalle una situación que dañe a la empresa en un momento clave, cuando necesitamos que todo funcione sin sobresaltos, y eso termine afectando el negocio, además de generar una situación sin retorno entre los integrantes del equipo, o entre algunos de ellos y la organización.

Algunos síntomas que deben encender la alarma: destratos, falta de fluidez en la información, reuniones improductivas, radiopasillos con especulaciones, indiferencia, exclusiones, gente que se limita a cumplir su tarea sin preocuparse por la marcha del negocio. En definitiva, todas circunstancias que se pueden percibir antes de que exploten… si se presta atención.

Si sabemos que hay insatisfacciones, lo podemos tener en cuenta y operar sobre eso. Si, en cambio, nos enteramos cuando se produce el cimbronazo, posiblemente ya no haya mucho que hacer.

Por eso, lo recomendable es irse cada tanto -la frecuencia depende de cada equipo, de cada organización- lejos de la trinchera caliente de todos los días a revisar cómo se está trabajando, qué cosas estamos haciendo bien, qué cosas se pueden mejorar, qué cosas hay que cambiar o abandonar. Y hacerlo antes de que sea tarde. Si una situación de esas nos toma por sorpresa, el problema es doble: por un lado, hay que resolver la situación concreta; por el otro, debemos mejorar nuestras alertas tempranas y capacidad de gestión de las personas.

Todo esto nos lleva a valorar los distintos procesos que apuntan a atender estas situaciones: saber cuán importante es el feedback, cuán importante es la gestión de las emociones, cuán importante es trabajar en equipo, cuáles son los temores o anhelos de las personas con las que trabajamos. Cada medida de prevención que adoptemos será una inversión que, sin dudas, reportará un beneficio mayor en el largo plazo.